domingo, 9 de diciembre de 2012

Resultado Sorteo La mirada del Centinela.

Saludos mundo silencioso,

Hoy podemos publicar el ganador del Sorteo del manual en PDF del juego la mirada del Centinela.



Al concurso se han presentado únicamente dos candidaturas a las que se han asignado 3 números a cada una de ellas por orden de llegada:

- Juan Fernando Martín 
  • al que se asignaron los Números 1,2 y 4 (Era por no hacerlos consecutivos)
- José Manuel Palacios
  • al que se le asignaron los números 3, 5 y 6
Desde Fraguel rock os damos las gracias mil y un veces por vuestra participación y desde aquí os deseamos a ambos lo mejor.

Y sin más retrasos os dejamos el vídeo del Sorteo.


Nuestra más sincera enhorabuena a Jose Manuel, en breve recibirás en el correo desde el que remitiste el relato tu cupón para la descarga del Juego.

Y he aquí su historia.
Recuerdo perfectamente una de esas veces. Lo recuerdo tan bien porque era el día antes de Navidad. Apenas tenía 14 años y todo lo que conocía del mundo era un pequeño barrio de las afueras de Madrid. Aquel frío día de diciembre había decidido abandonar la seguridad de mi barrio para acompañar a un par de amigos a un centro comercial en la zona céntrica de la ciudad. Uno de ellos llevaba ahorrando todo el año y aquella tarde pensaba dejarse buena parte de sus ahorros en ciertos videojuegos que habían capturado su atención y deseo meses atrás. La cantidad de dinero que llevaba en el bolsillo no era nada desdeñable. Para tres hijos de obreros de un barrio de la periferia que vestían con las ropas de sus hermanos mayores, era una fortuna.
El metro estaba sombriamente vacío y mudo. No se por qué acabamos en aquel vagón pudiendo habernos sentado en cualquier otro. Tal vez fuera en destino como en una tragedia griega, ineludible e inexorable. Pero allí estábamos los tres, en silencio. Soñando con las futuras horas de diversión que vendrían poco después. Ingenuos y ajenos a lo que estaba por venir.
La puerta se abrió y entró un grupo a la carrera. Eran una docena, algo más mayores que nosotros. Algunos bien vestidos, otros con un aspecto que en aquella época, sólo podía calificar como "macarra". Se subieron por los asientos, cantando y riendo. Chicos y chicas en actitud provocativa. Yo era algo ingenuo y puritano a esa edad y no pude evitar sentirme francamente incómodo. Hubo un cruce miradas.
No se bien cómo comenzó, apenas me dí cuenta de nada, absorto como estaba en mis pensamientos. Todo estaba bien y de pronto, tras un parpadeo, estaba en una situación irreal, confusa y peligrosa que no había buscado. Uno de aquellos gamberros tenía a uno de mis amigos cogido de la pechera y lo abofeteaba pidiéndole el dinero. El resto del grupo había arrinconado a mi otro amigo y le registraban el abrigo. Sus risas de hiena se escuchaban por encima del traqueteo del tren.
¿Y yo? A mí el destino me había colocado en una extraña situación. Me ignoraron. Como si no estuviese sentado en aquel vagón, nadie me prestaba atención. Todo ocurría como en una película y yo era un mudo espectador de lo que acontecía en el tren. Dudé. Dudé hasta que la vergüenza pudo más que el miedo y se convirtió en algo parecido al valor. Me levanté y me hice oír por encima de ellos.
-¡BASTA!
¿Cómo acabó aquello? Obviamente no podía acabar bien para mí. Regresé a casa con un ojo morado, que no es demasiado para lo que podía haber sucedido en aquel tren. Eso si, no tocaron nuestro dinero. Por una parte me sentí ultrajado, humillado. Pero por otra, llevé mi ojo morado con orgullo. No me crucé de brazos. No fuí el testigo mudo.
Dicen que para que el mal triunfe sólo es necesario que las personas buenas se crucen de brazos, que el que contempla una injusticia y la tolera sin alzar la voz siquiera es tan cómplice como el que la comete. Yo no fuí ese cómplice mudo.
La historia no acaba aquí. Porque no fue la última vez que el destino, caprichoso, me reunió con aquellos tipos.
Volviendo a la Nochebuena, mientras me recuperaba, aturdido, de aquel puñetazo que me había hecho doblar la rodilla y les escuchaba reírse a lo lejos, el orgullo me hizo incorporarme lanzar una promesa:
-¡Mirad atrás porque un día de estos voy a estar allí!
Se rieron. No sabían que me había propuesto cumplir esa promesa. Y lo hice. No habían pasado ni 24 horas cuando ya había encontrado a uno de los cabecillas. Eran 3 contra 2 (mi hermano y yo). Me rompí el nudillo de pegar a uno de ellos en aquella misma estación de tren. Ante decenas de personas que no hicieron nada. Miraron para otro lado. Aún me duele la mano cuando hace frío.
Un año más tarde, otra salida al centro con unos amigos. Y una vez más aquel vagón de metro. Y una vez más aquellos tipos. La pandilla entró. Miró amenazadoramente a los pasajeros. Empezaron a amenazarlos entre risas. Y mientras registraban los abrigos de mis compañeros de asiento yo esperaba, porque sabía que había que actuar, pero no sabia cómo. Entonces, el tipo al que había dejado la cara como un mapa me encaró lentamente y me preguntó:
-Tú y yo nos conocemos, ¿verdad? - Nuestros rostros estaban tan cerca que podía oler el alcohol de su aliento. Asentí sin dejar de mirarle a los ojos, sin dejar que el miedo que sentía asomara a la superficie. El asintió. Pensé que no pasaba de aquella noche. Se levantó, y gritó a su banda que se bajaran del tren. Se quedaron alucinados, no mas que yo, eso seguro, pero obedecieron. El tipo me estrechó la mano y me pidió perdón antes de bajar. La gente del vagón se quedó asombrada y aquello fue la comidilla de la noche. Aunque no me sirvió para ligar. Tuve tanto miedo que casi lloro de alivio cuando se fueron.
Muchas gracias a todos por participar a todos.

Nos vemos.